PALACIO DE CARVAJAL DE CÁCERES

Arco de la Estrella

LA BELLA CIUDAD DE CÁCERES

ORQUESTA CONSERVATORIO GRADO MEDIO CIUDAD DE CACERES

Fernando Antón y Cuarteto Ciudad de Cáceres Quinteto G 445 Luigi Boccherini Conciertos de Pedril

Ciudades Patrimonio de la Humanidad: Cáceres

Cáceres, cuando vuelven las cigüeñas

De los palacios renacentistas al festival WOMAD, la mezcla cultural empieza en el pasado y termina en el futuro en la ciudad extremeña

Iglesia de San Francisco, en el casco histórico de Cáceres, una de las 13 ciudades españolas declaradas patrimonio mundial.
Iglesia de San Francisco, en el casco histórico de Cáceres, una de las 13 ciudades españolas declaradas patrimonio mundial. / Getty
Si, como decía María Zambrano, Extremadura es la tierra del silencio, tal vez la ciudad del silencio sea la parte antigua de Cáceres, declarada patrimonio mundial en 1986. Hay aquí una especie de recogimiento, de soledad, una forma de meditación. Por eso, uno prefiere pasear por ella al atardecer, siguiendo el rastro de las cigüeñas que regresan, viendo la luz que, cuando empieza a derrumbarse por Portugal, se torna dorada y rojiza como el resplandor de una hoguera.
javier belloso
Al llegar al paseo modernista de Cánovas, uno recuerda hasta qué punto Cáceres es una ciudad de la gente hecha para ser vivida a cualquier hora. Cánovas tiene un olor a jardín burgués y a flor de acacias, y es un rincón que cada crepúsculo muestra el color primaveral de una caña de cerveza. Hasta la Plaza Mayor, uno sigue paso a paso el hilo de Ariadna de nuestra época: el comercio. Pero el comercio aquí se deja seducir por los caserones decimonónicos, por los miradores y los ventanales. En San Juan todo se vuelve elegante y un poco mundano, como un turista fino, con ese erotismo de los hoteles, los restaurantes, las taperías y las tabernas. El Cáceres del XIX es un pueblo impresionista, castizo y aristocrático. Una calleja te lleva al hambre de la posguerra, otra al esplendor de la modernidad y sus movidas.
Mundos que se juntan todos en la Plaza Mayor como un juego de mestizajes culturales. La plaza aún conserva el recuerdo del mercado que fue y todo lo que se vive en ella año tras año: el WOMAD y sus músicas étnicas, las procesiones de Semana Santa, las noches de verano y sus terrazas junto a los soportales, mientras uno ve los movimientos de la luna sobre la muralla y los palacios renacentistas, y degusta la torta del Casar, la perdiz al modo de Alcántara, el mojo de tencas de Brozas y acompaña el biscuit de higos con un tinto de la tierra. Una gastronomía en la que se funde lo pastoril, lo tradicional y el refinamiento de los monasterios, algunos de cuyos platos serían llevados por las tropas francesas a las mesas de París.
La Puerta del Río, en Cáceres. / Getty

Puertas y rumores

Entrar en la ciudad vieja es algo más que entrar en un espacio físico, es un salto en el tiempo. No hay sobre ella una sola mirada. Las puertas del Arco de la Estrella o de Santa Ana son las más evidentes. Pero uno puede bajar hasta la iglesia de Santiago, recorrer toda la calle de Caleros y entrar por la romana Puerta del Río. Este es el sitio por el que, durante años, en mis paseos, yo he entrado en esta ciudad. Se oye el rumor del agua, se ven las huertas y los cañizales, se huele el té moruno de Los Siete Jardines. Después se sube por la Cuesta del Marqués con esa imagen de Cristo en lo alto del arco, las calles hacia la judería y la Casa-Museo Árabe, y se comprueba que toda nuestra civilización cabe en unos cientos de metros de empedrado.
Decía De Vigny que cuando vemos lo que es el hombre y la vida nos damos cuenta de que lo único grande es el silencio. La plaza de San Jorge, los Golfines de Abajo o la plaza de Santa María son tres poemas escritos con la arquitectura del silencio. Sus estéticas señalan una moral: que la belleza es el lugar donde la mirada descansa. Como ocurre al entrar en el Jardín de Ulloa, tan íntimo y sosegado. Al detenerse ante el gótico del palacio de los Solís, con ese escudo donde hay un sol con rostro humano y sus rayos mordidos por las furias. Al desviarse hacia la geometría de ladrillo de la Casa Mudéjar, hacia la hiedra de la Torre de Sande y llegar hasta la plaza de San Mateo. Es decir, que, después de las guerras, los odios y las sangres que por aquí se vertieron, hoy estos rincones nos enseñan que solo el arte perdura porque a veces nos acerca a la medida de nosotros mismos.
Con frecuencia, por la mañana temprano, la plaza de San Mateo huele a tocinillo de cielo, a cortaditos de cidra, a yemas, a mantecados, a corazones de almendra, la repostería que sale del horno de las hermanas clarisas en el convento de San Pablo. No se entendería bien la dimensión de toda esta belleza si no se entendiera esa labor humilde y exquisita de los dulces de los conventos cacereños. Porque en Cáceres la belleza empieza por el paladar.

Guía

Hay ciudades llenas de puntos de fuga. Los puntos de fuga en Cáceres hacen que, desde la ventana o el mirador de un palacio, lo que veamos no sean campos o sierras, sino cuadros; es decir, obras de arte. Eso ocurre de forma muy profunda cuando estamos en la plaza de las Veletas, cuando bajamos por los corredores hasta el aljibe. Cuando recorremos los adarves, cuando nos subimos a una torre y sentimos la inmensidad de la llanura como un lienzo pintado por un impresionista.
Hay demasiada vitalidad en esta tierra como para no sentirse contagiado por ella. Las calles de Cáceres empiezan en el pasado y terminan en el futuro, por eso son vividas con entusiasmo. Parafraseando a Borges, uno puede decir que, después de tantos años de pasearla, de vivirla y de pensarla, la belleza es frecuente aquí, y no pasa un día en que no veamos algún signo que nos acerca un poco más a su secreto.

Arco de la Estrella


Arco de la Estrella
El Arco de la Estrella, entrada tradicional a la Ciudad Monumental de Cáceres, vino a sustituir a la Puerta Nueva construcción del siglo XV. Une la Plaza Mayor con la Plaza de Santa María ambas centros neurálgicos de la ciudad durante siglos.
De estilo barroco, fue construido por Manuel de Larra Churriguera en el siglo XVIII sobre una construcción del siglo XV, es un arco rebajado de gran amplitud y en esviaje, hecho de esta forma para facilitar el paso de los carruajes a la Ciudad Monumental. Está construido mediante perforación de la muralla, que conserva su almenaje. En la parte posterior hay un templete en el que está la estatua de la Virgen de la Estrella que le da el nombre al arco. Está considerado como la puerta más importante de la Ciudad Monumental, ya que fue el lugar elegido por la Reina Católica para jurar los Fueros y privilegios en 1477, también en este mismo arco juró los Fueros a la ciudad el rey Fernando "El Católico" en 1479. También recibe el nombre de Puerta Nueva, por ser la última puerta construida en la muralla.
Recomendaciones: A esta imagen se confiaban los viajeros cuando salían de la ciudad y a ella agradecían la vuelta.

EL ALJIBE

Aljibe
Este aljibe hispano-árabe es uno de los restos que ha pervivido de la alcazaba militar almohade, ya que el edificio que lo alberga – el Palacio de las Veletas, actual Museo de Cáceres-, fue reestructurado en el siglo XV y remodelado en los siglos XVII y XVIII. Aún conserva agua. Este almacén de agua, que sigue recogiendo la lluvia que cae en el patio renacentista que lo cubre, es uno de los más grandes de su época, de ahí su espectacularidad, potenciada por la luz dorada que se vierte desde el cenit hacia las cinco naves compuestas por arcos de herradura.

Cáceres (Ciudades para el Siglo XXI)